sábado, 31 de marzo de 2012

La expresión de Nina Simone...


La expresión de Nina Simone sentada frente al piano era de seriedad intimidatoria. Su belleza física escapaba de las proporciones áureas: tenía nariz ancha, ojos tristes, boca grande… La voz, de madera noble, sigue resonando profunda y felina, rodeada de un halo religioso, entre el desengaño y la fe.
Mezclaba su estricta educación clásica con composiciones agridulces, un registro grave bien utilizado y un carácter que le dio fama de altiva. 
 Eunice Kathleen Waymon, la sexta de ocho hermanos, nació en 1933 en Tryon, un pueblucho de Carolina del Norte. Llegó al mundo viviendo las consecuencias del crack del 29. El padre, John Divine Waymon, fue barbero, tintorero y predicador. La crisis le obligó a prescindir de la cómoda casa en la que vivía la familia, vender el coche y buscar trabajos con sueldos miserables. La madre, Mary Kate Waymon, fue predicadora y después pastora: una mujer profundamente religiosa, de moral estricta, poco afectuosa con sus hijos. Con las dificultades económicas tuvo que buscar trabajo limpiando en las casas de las pocas familias blancas de clase media que podían permitirse ese lujo.
De bebé, durante las ceremonias eclesiásticas, Eunice seguía el ritmo de los himnos y pronto se empezó a hablar de la pequeña como de un milagro. Con dos años y medio tocó en el órgano de la casa familiar el himno God Be with You Till We Meet Again: “Lo aprendí de memoria. Mis padres se arrodillaron cuando me vieron tocar algo que claramente nadie me había enseñado”.
A los cuatro años abría los oficios del domingo con su música. La llamaban “el pequeño prodigio” y los fieles incluso recorrían cerca de 100 kilómetros para acudir a la Iglesia Metodista de Tryon. La madre de Eunice la advertía de que el don se lo debía a Dios y que no debía ser motivo de orgullo personal.
Una de sus admiradoras era la Señora Miller, una mujer blanca que urgió a los padres de la niña a que recibiera clases de piano con Muriel Massinovitch, una profesora local. Miller se hizo cargo del pago durante un año y la pianista la introdujo en la música clásica y le enseñó a escribir y leer música. Eunice aprendía a gran velocidad y pronto se vio encaminada a ser una gran intérprete de piano. Su profesora recaudó fondos para que la “niña milagrosa” pudiera completar su educación musical en la prestigiosa escuela Juilliard de Nueva York.
A los 17 años se marchó a la Gran Manzana, pasó el verano en el conservatorio, con una disciplina casi militar y autoimpuesta: no hacía amigos, no salía de su alojamiento -en casa de un predicador amigo de su madre- más que para ir a la escuela, sólo tocaba el piano y se preparaba para el Curtis Institute de Filadelfia. Era la única alumna negra del curso.

El examen de ingreso para el Curtis fue el momento de inflexión. Toda su vida fue una niña modelo, que se había dejado llevar por el destino lógico que le habían preparado: iba a ser la primera intérprete negra de una orquesta, no había plan B. Sin embargo, algo pasó en la prueba. Nina Simone nunca mencionó lo que sucedió aquel día frente al jurado de blancos que la evaluaron en 1950, en plena vorágine de segregación racial. La rechazaron. Ella ni siquiera había tenido en cuenta la posibilidad. Su vida quedó hecha pedazos e incluso consideró dejar la música. La tristeza dio paso a la ira: un jurado no iba a decidir su triunfo como intérprete.
La transformación de Eunice en Nina Simone sucedió en Atlantic City, la ciudad del estado de Nueva Jersey famosa por sus casinos. Consiguió unos bolos tocando en un tugurio. El dueño del local le exigió cantar si quería el trabajo. Simone cantó por primera vez, mezclando clásicos de blues, gospel e himnos con sus conocimientos académicos, con el pelo recogido en un moño y ataviada con un elegante vestido más propio de un recital clásico. Cada dos horas tenía 15 minutos de descanso en los que bebía un vaso de leche.

Se puso Nina Simone para que su madre no se enterara de que andaba en bares de mala muerte tocando “música del diablo”. Nina viene de Niña, como la llamó cariñosamente un fugaz amante hispano del que poco se sabe. El apellido, Simone, fue en honor de la actriz francesa Simone Signoret, a la que admiraba la joven Eunice.
Su versión de I Loves You Porgy, de la ópera de George Gershwin Porgy and Bess (1935) fue su primera y única incursión en el Top 40 de Estados Unidos. Le seguirían versiones que en su voz parecían las originales: My baby just cares for me, I put a spell on you, Feeling good…
Publicó con Bethlehem Records su primer disco (Little Girl Blue) en 1958 y la estafaron. Firmó un contrato cediendo todos los derechos de las canciones a cambio de un cheque de 3.000 dólares. Perdió más de un millón en royalties. La experiencia le sirvió para ser inflexible ante casas discográficas y los promotores: lo discutía todo, nunca se comprometía e incluso acudía a la intimidación física en las negociaciones si era necesario.

Tras un matrimonio fallido en la juventud, se casó con Andy Strout, policía e investigador que se retiró para ser su mánager. Ella se sintió atraída por la seguridad en sí mismo que desprendía aquel hombre de piel muy clara para ser negro, que llevaba un colgante de plata con el continente africano. De la unión nació Lisa Celeste Strout (ahora cantante y actriz) en 1962. El matrimonio duró 10 años, la mayoría de ellos amargos. Andy hacía firmar a Nina contratos con demasiados conciertos. Ella decía estar cansada y él la acusaba de no parar de gastar. Nina buscó en el alcohol la anestesia de su infelicidad.
Desde el primer disco incluyó temas de inspiración africana y en el momento más candente de la lucha por los Derechos Civiles compuso varias canciones defendiendo públicamente la causa. La primera fue en 1964, Mississippi Goddam estaba inspirada en el asesinato de Medgar Evers, un destacado activista que luchó contra la segregación. El suceso se unió a la explosión de una bomba en una iglesia de Alabama que mató a cuatro niñas negras: “Mississippi Goddam es una canción profética. Creo que Estados Unidos va a morir. ¿La matarán o se suicidará? C’est la même chose!”, declaró en una entrevista en 1997.
Tras huir a las islas Barbados sin decir nada a nadie, volvió y se divorció en 1972 de Strout. Regresó a Barbados para refugiarse de los problemas fiscales y sentimentales que la asediaban y tuvo un romance con el portero de un hotel que no sabía quién era Nina Simone. Cuando ella, después de un tiempo, se lo confesó, él no la creyó. Para demostrar que era famosa, se dirigió a la residencia del Primer Ministro de las Barbados, Errol Barrow, que la recibió con honores. Pronto Nina había conquistado al político y multimillonario, unos años mayor que ella y casado. La relación duró dos años y terminó cuando Simone vio que no había manera de que Barrow dejara a su esposa.
Desde los años setenta no volvió a vivir en Estados Unidos. Pasó una temporada en Liberia atraída por el país de sus ancestros y lejana a la realidad de un país pobre y corrupto. Vivió también en Ginebra (Suiza), donde parece que se obsesionó con los chequeos médicos y cometió muchas locuras. Nina Simone no sabía a dónde ir para sentirse acogida, en paz y querida. Hacía muchos años que había dejado de llevar bien la soledad.
Se mudó al sur de Francia, cerca de Marsella, en el año 2000. La diva había adquirido mala fama en la zona. Los vecinos la acusaban de montar escándalos por cualquier tontería. Su vida musical había sobrevivido a sus taras emocionales y seguía siendo una artista respetable cuando murió en  Carry-le-Rouet tres años después, mientras dormía, por un cáncer de pecho que no se trató. En sus memorias, publicadas a principios de los años noventa confesó: “Todos estos años he recibido muy poco amor (…). Me obsesiona, sobre todo por las noches, cuando estoy sola”.

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